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miércoles, 16 de enero de 2013

La historia, parte VI: El inicio

Llegó a la pensión con su vieja maleta, dinero y la llave de su habitación en mano. Nunca había sido de esas chicas que acumulan posesiones. Sus verdaderos tesoros eran sus libros y sus discos, pertenencias que ocupaban casi todo el espacio en la destartalada valija. El espacio restante era compartido por algo de ropa, zapatos, cuadernos y una que otra botella de crema o perfume.

Después de que su padre se marchó sus hábitos cambiaron. Ya no se reunía con sus muy educadas amigas de familias acaudaladas. Los libros y los sueños eran sus únicos compañeros, sin contar a su madre, la cual nunca le prestaba demasiada atención. La partida del esposo la había dejado media loca -como decían los vecinos a sus espaldas-. En sus años había sido una mujer capaz y laboriosa. No había ido a la universidad pero administraba su casa como toda una profesional. Su vida se repartía entre cuidar a su marido y cada detalle del hogar. Esa actitud de mujer abnegada nunca le gustó a nuestra amiga. Consideraba que las mujeres debían ser algo más que simples amas de casa; siempre quiso que su madre fuera más que la sombra silente de su brillante padre y mucho menos quiso para ella el estado mental que le dejó su partida.

Esa falta de supervisión parental le permitió a nuestra chica crecer a su antojo, creando y destruyendo, haciendo y deshaciendo. Salía de casa cuando le daba la gana, se congregaba con personas que su madre habría desaprobado al instante y faltaba con frecuencia a clases. A pesar de ser una estudiante sobresaliente nunca le tomó verdadero cariño a los estudios formales.

A su madre y a ella solo las acompañaba el polvo y sus dos gatos. Cuando los tres murieron y solo quedaba el polvo como compañía, se dispuso a vender todas sus pertenencias y la gran casa de Los Prados. No soportaba las habitaciones innecesariamente vacías y cerradas. Todas las antigüedades, los libros de su padre, las joyas de su madre, los automóviles, todo, se fue vendiendo lentamente.

En el momento que se dio cuenta que estaba sola en esta vida se decidió a abandonar su comodidad y comenzar una nueva vida. No, no se mudó a Paris o a Barcelona. Le perdió el rastro a todo el mundo y  se instaló en una pensión de la Zona Colonial, sin familia, ni amigos, ni madre a quien cuidar. Solo sus libros, sus discos y sus cuadernos. Ah, y los hombres, y las mujeres, los que cada semana desfilan por su portal. Ella es una mujer sin ataduras, es un alma libre que ama y desama a voluntad. Los pocos placeres de su vida se resumían a eso: las letras, las colillas, las partituras y el sexo. Toda la diversión del mundo.

Sus vecinos eran todo lo contrario. Gente buena y modesta. Una vecindad solo comparada con los personajes que había conocido en sus aventuras por los barrios colindantes de la ciudad. Una sarta de gentuza bulliciosa y especial, cada uno con su encanto, diseminados entre cada uno de los pisos y las múltiples escaleras de la vecindad.

Su personaje favorito era Samaná, el viejito humilde, lento y cabizbajo que fungía como cuidador. Samaná era singularmente amable y cariñoso. En su juventud había trabajado en un burdel del malecón cuidando a las putas de los bravucones. Recibió un disparo en el pie derecho cuando aporreaba a un sinvergüenza borracho que causaba revuelo en el negocio. La herida que lo ralentizó y lo convirtió en sedentario solo le dejó la gran barriga que ostentaba, junto con su apacible personalidad.

Samaná nunca la juzgaba, mas bien la tenía siempre pendiente. Bastaba solo con llamarlo una vez para que el anciano viniera a su puerta con su bate lleno de clavos, señal de que estaba listo para cualquier movimiento, desde matar a una de las numerosas cucarachas que rondaban la pensión hasta sacar a palos a cualquier rufian.

Luego estaba África, el verdadero estereotipo de doña dominicana. Gorda y sudorosa, se pasaba los días en bata, escuchando bachatas y fumando, sentada en la sala de su casa con las puertas de par en par. Doña África tenía al cuidado a sus tres nietos, niños bellacos que les dejaba su hija todos los días hasta salir del trabajo. Los niños se pasaban las tardes luego de volver de la escuela haciendo las más absurdas fechorias. Saltaban y corrían, descalzos y sin camisa, sacando a todos los vecinos de sus casillas. El único que podía controlarlos era Samaná, quien con una sola mirada los hacía pararse en seco y dejar inmediatamente lo que estaban haciendo.

Como es de naturaleza de todas las doñas dominicanas, África era la principal  receptora y emisora de los chismes del barrio. Siempre estaba pendiente de sus vecinos, acechando por su ventana a todas horas, como si su única misión en la vida fuera monitorear los movimientos de la pensión. A pesar de eso, Doña África era una señora amigable, siempre presta para ayudar a cualquier vecino y salir a resolver cualquiera de los problemas que surgieran en la cuadra.

Los otros residentes eran gente tranquila. La población de la pensión estaba compuesta por estudiantes extranjeros que salían muy temprano y regresaban muy tarde, alguna que otra señora evangélica y un par de parejas de artistas de los que hacían artesanías para venderlas en la Arzobispo Meriño y el Mercado Modelo.

La vecindad era un lugar tranquilo. Todas sus paredes descascaradas, de colores que alguna vez fueron vivos, las trinitarias de flores moradas y rojas y la ropa limpia colgada en los cordeles concordaban perfectamente con el espíritu de los que allí vivían. La vecindad era lo bastante barata como para quedarse, lo bastante pintoresca como para enamorarse.
Definitivamente nuestra chica estaba ahí para quedarse por una larga temporada. Este sería su hogar, un lugar que sin duda alguna nunca olvidaría. Este sería solo el comienzo.




martes, 25 de diciembre de 2012

Saudade

Te extraño. No sé cómo pueden quedarme sentimientos después de haberte llorado tanto. ¿Pueden los ríos secarse alguna vez? Así de seca y desolada está mi alma, una cuenca agrietada llena de piedras que no sirven para nada.
Las piedras están solas aun estando acompañadas. Buscan en las demás tu aliento pero terminan por ser defraudadas. Solo son piedras, sentadas en la arena seca y compacta.
Te veo de lejos y no sé cómo llamarte. La voz no me canta ni se estremecen mis cuerdas. Te sigo y te alejas, te vas feliz cantando y me partes el alma.
No estás solo como yo, no hay viento en tu interior, no se caen tus hojas. Mientras tanto el frío me quema una y otra vez como un tizón de puro fuego.
¡Ah! se me olvidaba, las piedras no se queman por el frío ni se desesperan por la ausencia, así que me quedo inmóvil que es mucho peor, sin nada que decir, sin nada que agregar, extrañándote más y más mientras duermes plácidamente a mi lado.

sábado, 1 de diciembre de 2012

A veces, la vida es lo que pasa

Cuando desperté la encontré parada junto a la ventana, fumando un cigarrillo y mirando hacia el exterior entre las cortinas oscuras. Su silueta a contraluz se hacía más viva y real. Ver como se arqueaba su espalda desde la zona alta de sus nalgas era mi parte favorita del día.
Ella se volteó y me atrapó observándola. Nunca la había visto tan hermosa. Siempre me parecía más atractiva después de hacer el amor.
Vuelve a la cama, le dije con mi voz soñolienta. 
Por complacerme y sin decir una palabra terminó el cigarrillo y se abalanzó a mi lado entre las sabanas.
-¿Sabes?, -me dijo sin preámbulos- después del sexo las conversaciones cobran mayor importancia. De nada valen los Te Quiero desbocados de a punto de climax. Lo verdadero sale a relucir cuando el cuerpo está satisfecho de amor y estar pegado al otro es lo que más ansías.
Cuando terminó de hablar yo estaba con la mirada perdida en las filtraciones del techo y no me había percatado que se había volteado hacia mi y me sonreía atontada.
Todavía se me eriza la piel cuando pienso en sus ojos, en su piel y el olor a aceitunas negras que emanaba de su pelo lacio y que combinaba perfectamente con su sonrisa  de mar.
Después de esas palabras no pude más que asentir con la cabeza y lamentarme internamente. Sabía lo que significaban. Lo nuestro era lujuria, deseo, y ella siempre había querido algo más, algo que yo no podía darle. Estos encuentros de meses habían llegado a su fin y sin duda nadie estaba seguro de lo que nos deparaba el futuro. 
Nos miramos a los ojos y sonreímos regodeándonos en la complicidad de nuestros pensamientos.
Está de más decir que no nos volveríamos a ver jamás.  
La esquina de mi habitación donde colgaba su ropa sigue desierta, como a la espera de verla llegar con su sonrisa de oreja a oreja y su jovialidad juvenil. El pasar de las estaciones no me ha traído más que el añejamiento de los recuerdos de aquellos días y en paz sigo a la espera de que funcionen en mi la costumbre o el olvido.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres

Había tratado por todos los medios de contactarlo. Su última conversación había desembocado en una acalorada discusión que todavía le dejaba un amargo sabor en la boca. Su ansiedad aumentaba con cada minuto que no obtenía respuesta. Por las noches lamentaba haber sido tan necia, haber dicho aquellas cosas imperdonables.
 
Otros la habían abandonado por agravios menores, otros la habían desechado. Este era diferente, eso quería creer. Estaba segura de que él la amaba, de que en cualquier momento la llamaría justificando su larga ausencia.
 
El sonido del timbre la sacó de su letargo y, con el corazón en la mano y la esperanza reavivada, se precipitó a abrir la puerta.
 
Era su suegra.

domingo, 25 de noviembre de 2012

El fin del mundo

Se quedó sentada en el fin del mundo con la mirada perdida y la sonrisa serena, esperando que él la fuera a recoger

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Atardecer de otoño

No había actividad más deliciosa que observarla fumarse un cigarro y tener un orgasmo. En esos momentos su mente flotaba por sobre toda la faz de la tierra como si fuera una bailarina que en su largo y delicado vestuario se pasea sobre las cabezas de sus compañeros. Esas palpitaciones que duraban minutos eternos no tenían comparación. Había llegado a disfrutar del sexo maravillosamente, se consideraba experta en su cuerpo. Lo manejaba y lo trataba a su antojo, como una verdadera profesional; Y con esas manos sabía fabricar y disfrutar de los mejores placeres carnales.
Una mujer no debería olvidar un orgasmo -decía-. Una mujer debería vivir para eso.
Aprendí todo lo que sé de ella. Esa mujer sabía exactamente lo que quería y no dudaba en arrebatarlo de las manos de quien fuera. Su seguridad y su experiencia la hacían irresistible. Su piel añeja y las canas que se asomaban en su negra y lustrosa cabellera no la desmeritaban en lo absoluto. Su belleza ceniza era impresionante. Sus carnes aún fuertes y su amplio trasero llamaban la atención de cualquiera. Esa mujer era fiera, era candela.
No estaba versada en las grandes filosofías pero todo lo que sabía lo había vivido en carne propia. Fue con la alta estirpe que forjó sus encantos; Sin embargo, prefirió llevar una vida tranquila, disfrutando el magnifico calor de uno que otro amante imberbe y hercúleo.
Nunca disfrutó del alcohol, el cigarrillo era el único vicio que le amargaba los labios y le alegraba la existencia. Claro, eso y hacer el amor.
Atardecer de otoño, rojo, púrpura y aterciopelado, le decía yo mientras sujetaba sus caderas acercándola hacia mi cuerpo. Sus maneras me enloquecían, me maravillaban.
Mi joven mente no terminaba de hacerse a la idea de que semejante diosa se enredara entre mis sábanas.
El más simple roce de su piel era exquisito.
El calor del verano y el café recién colado me recordarán por siempre las vacaciones que vine del campo directo hacia su casa cerca del Malecón. Esos meses en su cama fueron los más felices de mi vida.
No fue de entre las piernas de mi madre que mis pequeños ojos vieron la luz por primera vez. Fue en esas piernas donde me vi nacer realmente; me hice persona.
Sus piernas contaban historias fantásticas. Viajes en grandes navíos malhechores, travesías al fondo de la tierra. Historias que nadie sabe contar y nadie jamás sabrá.
Ella es hechicera, ella es gitana, musa de mis coplas, asesina, pecadora. Sus labios siempre cargaban el fuerte sabor de las aceitunas, el cual combinaba a la perfección con su atrevido carácter. Había algo de española en su ser y algo de princesa africana también. El ritmo nacía en sus caderas, no había duda.
Besenme tus labios por siempre, mi reina. Dame esos dulces suspiros eróticos. Mátame con tu ricura, negra. Hazme de ti. Esa era mi única petición. Ella me mortificaba y se guardaba los besos lo más que podía. Me llevaba al borde de la locura solo para regodearse en mi desesperación.
Si la vida fuera tan fabulosa como en los cuentos la pintan, sus muslos estuvieran todavía enredados en los míos. Pero la vida es amarga y embustera.
Muchas veces se equivocó en amantes. Muchos la arrebataron y le hicieron daño. Tiempo turbulentos esos que sólo sirvieron para apartarla de mí. Años viví vagando, ahogándome en la decepción de su partida. No dormí como antes, no comí como antes, no amé como antes. Me soñaba entre sus brazos y en sus dulces caderas de canela. Pero el tiempo fue borrando los detalles hasta que su sonrisa fue lo único que se mantuvo claro.
Luego Me olvidé, ella me olvidó también. Y todo quedó inconcluso durante muchos abriles.
Hace poco la encontré, tan bella como siempre. Ahora vive en una pequeña casa en Juan Dolio con un joven haitiano con espalda de campeón y labios de fuego. Disfrutarán mucho del sexo, me imagino. Ella será tan fiera como antes, de seguro.
A mi me queda contar la vida, pero sólo con muy pocos detalles. Quiero que este escrito de alguna forma llegue a sus manos y que sea tan sutil e inverosímil que solo ella lo entienda, que solo ella sepa que esta es su historia.

martes, 11 de septiembre de 2012

La historia, parte IV: Bienvenida soledad

...Aprovechó el bullicio de la ciudad para gritar con todas sus fuerzas al viento...

Otra noche fallida dentro de su récord de noches fallidas. Y allí estaba ella, sentada en la pequeña barra de ese bar de la zona colonial, toda arreglada, toda perfumada, sola y extenuada.
Lo que prometió ser una noche divina resultó ser otro fiasco de esos que ella sola sabía contar. Ese tipo había sido un cerdo, un cerdo ampuloso, un cerdo de los peores. Hablaron por unos minutos y ya él la estaba invitando a algo más que plática. Y aunque ella no era la más puritana de las dominicanas, estaba literalmente harta de ser el regocijo de desparramos de cualquier fulano. Estaba lista para por lo menos esa noche platicar y platicar sin compromiso alguno. Quizá llevarlo a su pensión y escuchar unos discos. Pero no, su deseo no prevaleció sobre los de su compañero y la velada terminó con más pena que gloria. 
Allí estaba ella, cansada y asqueada de la gente. Le dio a su trago hasta el fondo y se puso de pie con toda la gracia que su vestimenta de mujer refinada le permitió. Caminó hasta su cuarto alumbrada por las farolas seudo-coloniales, entre la gente seudo-alegre y seudo-bohemia que confluía en la zona.
Trató de abrir su puerta; la llave por enésima vez le jugó a las escondidas dentro del bolso. En el pequeño cuarto, el caos y el desorden se entremezclaban formando una masa inmensa de libros, ropa, trastes y suciedad. Ella no estaba de humor para limpiar. 
Puso un disco de Mercedes Sosa y salió a tomar aire en el balcón con copa de vino en mano.
Se sintió abrumada y por primera vez en su vida tuvo ganas de una relación. No era que le hubiera perdido las ganas al deporte del amor informal, mas bien se sentía sola y un rumor dentro de sus entrañas le susurró que era tiempo de pasar más que unas simples noches con otro cuerpo.
¡Bienvenida soledad! -gritó- ¡maldita desgraciada!
La gente alegre de la calle siguió disfrutando y ahogando su desdichado grito.
Se preguntó cuántos gritos de pobres miserables se perderían en ese mismo ruido de la noche y se sintió abrumada por la posibilidad de haber condenado sus días a pura soledad. Porque así como  la energía se transforma, todos esos años de acostones sin afecto vendrían disfrazados de soledad a pasarle factura.
¡Qué maldito destino! ¿Será que su mala suerte nunca acabaría? pero no, ella no creía ni en el destino ni en la mala suerte. Creía en las personas y en las decisiones, creía que su vida no tenía que acabar trágicamente si así lo quería. Tantos años tocados por una felicidad con  actitud de amagar y no dar y ella, por supuesto, ya estaba hastiada.
Aparentemente el vino le dio algo de lucidez y de repente ya no se sintió tan mal. Estaba sola, era cierto, pero no tenía que estarlo por mucho tiempo -eso esperaba-.
El disco se acabó y ella permaneció serena, sentada en la sillita del balcón hasta muy entrada la noche. Reflexionó sobre la vida y se terminó toda la botella de vino.

jueves, 6 de septiembre de 2012

La historia, parte III: Princesa

-->-¡Princesa! ¡Princesa!
Se despertó enredada en las sabanas empapadas de sudor. Oía a su padre que la llamaba de lejos en sueños con el dulce tono que siempre le había escuchado. Siempre la llamaba princesa aun cuando daba muestras extremas de su naturaleza inquietamente traviesa.
Sin duda lo extrañaba, lo había hecho por muchos años. El tiempo había pasado tan impaciente y asesino que ya no recordaba sus facciones. No le quedaba una sola foto, su madre se había encargado de arrebatárselas todas. Trató de arrebatarle los recuerdos y borrarlo de su memoria -el tiempo naturalmente se encargaría de eso después- pero no le pudo quitar los sueños.
Muchas noches de su adolescencia se encontraba imaginando que jugaban a las escondidas en el patio trasero de la casa, entre los arboles frutales, descalzos sobre el lodo. Pura felicidad, pura ingenuidad. Luego la mente la transportaba a la noche en que los gritos la despertaron en medio de la noche, el viento aullando que nunca lo volvería a ver.
Esos sueños recurrentes venían cuando se sentía ansiosa. Soñó con él el día que terminó el colegio, cuando se marchó de casa, cuando besó por primera vez a una mujer. Y no era que lo necesitara. Había tenido una juventud intranquila pero normal. Nunca requirió de los cuidados de un padre amoroso; Su ausencia nada tenía que ver con sus elecciones masculinas, sus gustos musicales o su look de lesbiana reprimida. Todo esa verborrea de que sus problemas con los hombres se debían a eso le parecían pura basura psicoanalítica. Esos problemas con los hombres podían o no existir mas consideraba que sus problemas con las mujeres eran más precisos y más reales.
Esa mañana después de haberlo escuchado quiso seguir durmiendo, quería solo verlo una vez más, por lo menos en silueta. Quería oler el perfume que ya no recordaba, pasarle las manos por el cabello, escuchar sus malos chistes, reír de ellos. Quería ser una princesa otra vez.
Por primera vez en muchos años quiso hablar con él, pero no de flores y juguetes. Quiso hablarle del amor, del trabajo, del sudor, de la vida. Quiso escuchar sus consejos, por malos y anticuados que fueran, quiso una relación.
Se preguntó dónde podría estar, si estaría muerto, si estaría vivo, si estaría ahora sosteniendo a otra niña en los brazos y llamándola princesa. Se preguntó qué habría sido de su destino, si había sido buen hombre después de todo, si había prosperado, si tenía a quien besar en las noches, si había sido feliz.
Se levantó con pesadez en el corazón, la pesadez propia de las niñas preocupadas, todo lo que ella no era. Hizo su café habitual y fumó su habitual cigarrillo. Se preparó y salió como todos los días preguntándose si entre tanta gente que veía a diario se encontraría con él. Ya no recordaba como era, de seguro los años lo había hecho más irreconocible aun, pero albergó la esperanza de que él la recordara y si la veía algún día -si estaba vivo-, la abrazaría, pasaría sus dedos por su cabellera enmarañada y le aseguraría que ya no tenía nada que temer.

martes, 28 de agosto de 2012

Esperanza

La guagua zarpó de la ruidosa, sucia y abultada esquina de la Duarte con Paris de hora pico haciendo su rutinario trayecto.
El sueño, el hambre y el cansancio hacía presa de cada uno de sus rostros. Desde niños hasta ancianos, embarazadas imberbes, señoras y pubertas; Todos y cada uno de ellos llevan el pesar y alegría de volver a su punto de partida y otro día se repetirá el trajín, quitando de cada uno de ellos la frescura y el brillo.  
El sol se ocultaba y como una caravana fúnebre, lenta y funesta avanzaba la fila de carros que pretendía  dejar a cada uno de estos miserables dispuestos en cualquiera que fuera su camino. Recepcionistas de bufetes jurídicos, estudiantes, vendedores, banqueros, yerbateros y sirvientas. Todos de diferente matriz, todos la misma cosa. Hijos de un propósito afín, hijos de diferentes destinos, hijos que comparten la maldita culpa de haber nacido pobres, hijos conducidos como ovejas al degüello a lechos donde quizás no haya luz, no haya agua, no haya cena o no haya ninguna de las anteriores. Hijos de una tradición milenaria que engrosa los bolsillos de los más altos con lo que sacan de los más pobres. Cada uno en el mismo camino, soñando con tiempos mejores, donde sea cosa del pasado ser llevados como ciervos sin almas de un lugar a otro cumpliendo la misma rutina. 
Yo que soy parte de ellos como ellos son parte de mi, me prestan su historia, la cuento; Y desde la misma esquina donde me siento observaré su pesar y compartiré su cansancio. Entonces los acompañaré a cada paso y seré su guía. Los veré llegar, los haré dormitar, les daré la energía para dormir una década y soñarán con calles doradas y paisajes eternos, sueños que les darán fuerza para levantarse al día siguiente, una vez más.

viernes, 24 de agosto de 2012

La historia, parte II: De la lluvia y los deseos

Ese día nublado del mes de mayo la hizo desear una y mil veces no levantarse de la cama.
Abrazó a su pareja de esa madrugada y sintió su respiración al pegar la oreja izquierda a su espalda desnuda. Los días lluviosos habían servido solo para desatarle las ganas de dormir irremediablemente.
Suspiró hasta lo más hondo e hizo un esfuerzo digno de una madre paridera para desenredarse de las sábanas y se arrastró con todas sus fuerzas y sus ganas al raquítico baño donde varias cubetas y un tanque lleno de agua la vieron asearse.
Deseó que el desconocido se hubiera marchado para cuando saliera; Deseó que ese día fuera sábado, no martes; Deseó muchas cosas pero como en las historias de la vida real, nadie escucha las silentes plegarias de los menos agraciados.
Semidesnuda se dirigió a la desordenada mesa llena de botellas y cenizas, hizo un café y prendió su primer cigarrillo en varias horas; El desayuno más nutritivo del mundo; Un desayuno directamente proporcional a las maravillosas cosas que le esperaban en el día.
Ahora todo se reducía a esto: El cálido café casi amargo hecho para despertar a los muertos, el humo picante del cigarrillo, y la cama desarreglada cuyas sábanas tiernas y sofocantes todavía cargaban a su última victima.
Vistió sus libras casi inexistentes -como su capacidad misma para conservar una sombrilla por más de dos días- y no tuvo otro remedio que cruzar palabras con el no identificado hasta el momento.
-Levántate, ya me voy -los segundos pasaron sin respuesta alguna-.
-Despiértate, coño que se me hace tarde.
Sus acostones favoritos eran los que se despertaban aun de noche y la dejaban amanecer sola. En el pasado no habría tenido estos problemas pero ya que sus estándares para elegir compañía habían decrecido junto con su capacidad adquisitiva, no le quedaba más remedio.
Todo se redujo a esto: el charlatán que no quería dejar su cama y la lluvia empapando las posibilidades de que llegara temprano a su destino.
No, todo se redujo a las inmensas ganas que le dieron de unirse a él, quien sea que fuere, y dormir juntos hasta pasada la tarde.
Si no puedes con ellos, uneteles, y se metió a la cama, deseando que el poder divino hiciera pasar desapercibida su ausencia en el trabajo, aunque fuera solo por unas horas.

domingo, 12 de agosto de 2012

Como de una selva

La descubrió y suavemente le beso el hombro desnudo, dejando atrás todo rastro de amargura.
Nadie dijo una palabra. 
Ella se volteó para ver su cara, la cual esbozaba la sonrisa más pura y tierna que había visto en la vida. Esa imagen fugaz fue el empuje que precisaba su corazón.
Le devolvió la sonrisa.
Se incorporó en la cama y con su delicada mano dirigió su cara a la suya para corresponder el beso. Solo se escuchaba el rumor casi enmudecido del abanico que a duras penas disipaba el sopor del calor veraniego propio de un país del tercer mundo.
De nuevo nadie dijo una palabra. 
Nadie se atrevió a romper el silencio, solo los ojos se hablaron. Hablaron el lenguaje secreto y universal del amor justamente como si no hubiera mañana. 
Las manos se tocaron, los muslos se unieron y debajo de las sábanas sucedió el delicioso retozo extenuante del que subía un vapor tropical como de una selva, tan rico como el sol temprano de un día de primavera, tan nuevo como un beso entre dos infantes, tan profundo como el enlace de dos viejos corazones. 
Se amaron de una forma tan vigorosa y precisa, tan fiera y animal como el fuego que ardía en sus pupilas, tan natural, tan prohibido, tan acertado, tan caluroso, tan húmedo... tan deseado.

sábado, 4 de agosto de 2012

La librería

Se levantó temprano y no hizo nada en todo el día.
El negocio había estado tranquilo, demasiado para su gusto. Aparentemente nadie estaba interesado en libros de novedosas posiciones sexuales, veganismo y otras tendencias de esta era.
Hacia mucho calor.
La sutil brisa húmeda que se colaba por la rejilla de la puerta le hizo entender que la mala economía de los últimos años la había por fin alcanzado. Eso y la falta inexorable de clientes.
Respiró profundo.
Miró sus grandes estantes, llenos de tanta información, repletos de tanta cultura, personajes e historias como el Internet mismo y sintió vergüenza de que su sueño de adolescente se haya reducido a este pequeño espacio en una esquina cualquiera de la ciudad.
Ya nadie compraba sus libros.
Los únicos que se asomaban a la tienda eran los chicos hipsters modernos, los cuales solo hojeaban, se quedaban la tarde y salían con las manos vacías. 
No había esperanza para sus sueños en esta ciudad.
Pronto tendría que donar todos esos libros a alguna biblioteca que los quisiera, como si eso fuera posible.
Se incorporó en la silla tras el mostrador que la sitió apoyarse abatida, cansada y sola todos esos años. ¿Dónde fue la juventud? ¿Dónde fueron sus fuerzas? ¿Dónde está la novedad, lo fresco, lo auténtico?
¿A dónde fue la mujer que le daría el beso todas la buenas noches? ¿Quién se llevó al perro que la saludaría con alegría al verla llegar cada tarde? ¿Quién se robó la esperanza? ¿Quién se le robó la vida?
Todas estas preguntas pasaron por su mente y la desconectaron de la realidad hasta que la campana de la puerta que anunciaba la llegada de otro hipster con ganas de leer todo y no comprar nada la devolvió al sitio que había hecho su espacio todos esos años.
La rutina se desbordó de su cause y  se repitió y se repitió como un círculo infinito de desesperanza, como una llamada de auxilio, hasta que sus días se hicieron cortos y se secaron de emoción.
¿Deprimente?
si, pero ¿y los libros?
¿Dónde se fue la esperanza de esos pobres bastardos nunca leídos y nunca comprados?
Hay quien diría que su historia es más triste aún.
Triste porque hablan con las voces de los nunca escuchados.
Triste porque no tienen piernas para huir.

martes, 31 de julio de 2012

La historia, parte I: Lágrimas

No estaba bien. Caminó deprisa por entre las sombras que producían los arboles frente a los faroles para que nadie viera las lágrimas que caían de sus ojos.
Esa noche había aprendido que se encontraba totalmente sola a pesar de vivir en una ciudad donde las personas se hacinan hasta en los lugares mas absurdos.
Levantó la mano para pedir un taxi pero recordó haber vaciado sus bolsillos en la cama de aquel charlatán. Bajó la mano y se secó las lágrimas.
Caminó por media hora, entre el mar de gente hasta llevar cansada y sudada a la puerta de su pensión. Se sentó en la entrada y escuchó el ruido de los carros, los rumores televisivos lejanos y alguna que otra doña aporreando a alguno de sus siete hijos.
Ahí soltó su ultima lágrima.
No lloraba por la mala experiencia que había tenido esa calurosa noche de verano. No lloraba por las esquinas oscuras que tuvo que atravesar sola con temor a ser violada por un maleante cualquiera. No lloraba por el apagón en el barrio o porque no había llegado el agua desde hace dos semanas.
Lloró por la impotencia. Lloró por el estrés acumulado todos esos años. Lloró por lo estúpida que se sentía llorando por las calles y frente a aquel tipo. Lloró porque no tenia una razón para llorar. Lloró por placer, lloró por puro placer.
Cuando por fin sus lágrimas dejaron de brotar se sintió más limpia y optimista. No tuvo miedo al ratón que pasó por entre sus piernas mientras estaba ahí sentada. No se sintió amargada por los días que pasaban sin pena. No se sintió inquieta porque su camino no parecía llegar a ningún lugar.
Solo necesitaba llorar, alguien diría que para limpiar sus ojos como quien tira unos cubos de agua sacando el polvo del piso.
Se sintió segura de solo dos cosas esa noche: de los pequeños gruñidos de su barriga hambrienta y de lo feliz que se sentía porque hacia mucho tiempo que no tenia una noche tranquila, lo cual era augurio de que las lágrimas no se asomarían por allí en mucho tiempo.

lunes, 23 de julio de 2012

Lo absoluto

El la esperó en la puerta de su habitación. Después de haberla observado por semanas no le quedaba más que aventurarse y hablarle.
Ella lo invitó a pasar. Se había sentido observada desde hace unos días y le gustaba. No sabía mucho del amor pero sí sabía de los hombres y las mujeres, del karma y su perrería.
Le sirvió una cerveza y le prendió un cigarrillo.
- Sabes que te observo, sé que lo sabes. Me gusta verte desde mi ventana. Te observo mientras te bañas. Estas tan serena y sin embargo la amargura se destila por tus poros.
Ella lo miro con toda seriedad, un poco tonta, un poco anonadada. Una estruendosa carcajada rompió el calor de la noche.
- ¿Qué sabes tu de mi? ¿Qué tanto puedes ver desde tu ventana?- le preguntó con  mas asombro que curiosidad.
- No veo mucho, pero me gusta lo que veo. Eres bella, te amo desde mi ventana, es la verdad.
Nunca se le había visto tan de cerca, tan humana. Nunca nadie había estado tan cerca de descifrarla. Nunca se había sentido tan deseada. Había tenido otras experiencias similares pero ninguna tan tortuosa y fugaz como esta. 
- Te amo, es la verdad
- La verdad es relativa, la verdad no existe. No existe la verdad en donde vengo.
- No existen mujeres tan hermosas como tu de donde vengo yo. Solo hay dos verdades absolutas en el mundo. Te veo y tus ojos son la verdad mas absoluta que conozco.
- El amor no es real, eso es absoluto. Bésame y acabemos con esto de una vez.
Se hundió en su beso hasta el amanecer y al despertar se vio sola, mojada y desnuda como cada mañana. Las colillas y las botellas fueron la prueba insuficiente de un encuentro que pudo ser verdad o pudo ser mentira.
Nunca lo volvió a ver, el no la llamó, sin embargo, en su corazón se encendió la llama del pesar y del alivio porque nunca supo lidiar con relaciones que sobrevivieran mas de una noche.